La espada, finalmente se movió.
No hizo un estruendoso rugido, solo en la palma del dueño, trazó una línea la más tranquila y recta, apuntando hacia ese cielo indiferente que contempla los milenios.
La punta de la espada no tuvo truenos, solo una línea extremadamente fina y tenue de tinta, como una lágrima a punto de secarse, arrastrada por el viento hacia las nubes. El cielo tembló ligeramente, no por romperse, sino por mostrar una arruga extremadamente sutil, como si en una piedra grabada desde la antigüedad, el tiempo hubiera suavemente borrado una mota de polvo.
La luz, escapó por la arrug
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