Recientemente vi una serie de tuits de Walrus Protocol en la primera semana del año, que insisten una y otra vez en un mismo concepto: la verificabilidad. El 5 de enero fue especialmente directo: 2026 será el año en que todo será verificable. A primera vista, esta afirmación puede parecer un poco exagerada, pero al reflexionar sobre lo ocurrido en el último año, parece que realmente vale la pena prestarle atención.



Hace unos días, surgió un ejemplo concreto. Un proyecto se vio envuelto en un escándalo, con noticias por todas partes y la gente compartiendo capturas de pantalla a toda prisa. ¿El resultado? En pocas horas, el texto original desapareció de la nada. Luego, el equipo del proyecto salió a desmentir, diciendo que era una noticia falsa. Los periodistas no pudieron presentar pruebas de que realmente habían publicado ese artículo—cualquiera puede editar capturas de pantalla, y todos pueden limpiar la caché de la página web. Al final, el asunto quedó en nada, y todos parecían estar discutiendo sin llegar a ninguna parte.

¿Lo absurdo de esta situación? La clave está en que nadie puede presentar una prueba verdadera.

Pero si ese periodista hubiera utilizado perma.ws, el proyecto ganador del hackathon Haulout, todo sería diferente. La lógica de esta herramienta es muy sencilla: con un solo clic, se toma una instantánea de la página web y se registra en la cadena de bloques de Walrus, generando automáticamente una prueba con sello de tiempo y hash criptográfico. Cualquiera puede verificar cómo era esa página en un momento específico. Lo más importante es que los datos se distribuyen en 121 nodos, y ¿querer alterar o eliminar? A menos que puedas controlar todos los nodos simultáneamente, en la práctica, es casi imposible.

Esto va más allá de lo técnico. En realidad, se trata de un problema de confianza. El mayor problema de la internet moderna es que la veracidad de la información en sí misma es difícil de discernir. Videos de deepfake, imágenes generadas por IA, noticias manipuladas—no puedes detectar fácilmente la mentira. Aquellos que teóricamente podrían distinguir lo verdadero de lo falso, como las plataformas, tampoco siempre son confiables; cada uno tiene sus propios intereses. El resultado es que todo el ecosistema de la información se encuentra en un callejón sin salida, y nadie se atreve a confiar plenamente en lo que ve.

La verificación en la cadena de bloques tiene sentido precisamente aquí: ya no se depende de la certificación de una entidad centralizada, sino que se construye una prueba objetiva, rastreable e inmutable mediante criptografía y almacenamiento distribuido. Este método dota a la verdad de la capacidad de resistir la censura.
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